La noche después del aplauso

Por Matías Leandro Rodríguez – Abogado, Comunicador / IG: @matiasleandro09

Hay silencios que pesan más que los discursos.

La noche posterior a las elecciones tuvo algo de eso: un silencio espeso, que no era calma, sino agotamiento. Afuera, algunos festejaban; adentro, muchos miraban el suelo, como si buscaran algo que se les había caído sin darse cuenta.

Quizás era la esperanza. O la fe en que la ternura aún podía ser una forma de política.

No se trató solo de una elección. Fue una radiografía moral, una especie de espejo que no perdona. Y al mirarnos, vimos algo que no esperábamos: un país que empezó a dejar de creer en el otro.

Ya no se discute sobre ideas, sino sobre merecimientos. Ya no se pregunta qué necesita el de al lado, sino si lo merece. Como si el dolor tuviera que justificar su existencia antes de ser escuchado.

Hubo un tiempo en que la palabra “comunidad” sonaba a refugio.

Ahora parece una sospecha.

Nos enseñaron a desconfiar de todo lo colectivo, a sentir vergüenza del cuidado, como si cuidar fuera un acto de debilidad. Y así, poco a poco, fuimos borrando del mapa a quienes nos recordaban que nadie se salva solo.

Quizás por eso este resultado no asusta tanto como entristece.

Porque no habla del triunfo de unos, sino del cansancio de todos. De ese cansancio que se disfraza de enojo, pero que en el fondo es tristeza: la tristeza de haber creído tanto y de haber recibido tan poco.

Se votó con bronca, sí. Pero la bronca, cuando se queda sola, se vuelve ciega. Y una sociedad que deja de mirar a los ojos termina caminando sin rumbo, convencida de que la soledad es libertad.

Esta noche no hay vencedores. Solo hay un país que se pregunta cuándo empezó a sentir que la compasión era una forma de debilidad.

Y mientras algunos hablan de futuro, otros piensan en el vecino que ya no puede comprar remedios, en la mujer que hace fila para comer, en el viejo que guarda monedas para el colectivo. No son estadísticas. Son las grietas reales, esas que no se arreglan con discursos ni promesas.

A veces me gusta imaginar que todavía hay un rincón, pequeño y callado, donde alguien prende una luz para que no todo se oscurezca. Que mientras los gritos celebran, alguien enciende una vela por los que no tuvieron voz.

Quizás la historia se salve por eso: por la obstinación de los que aún creen en la ternura, incluso cuando el mundo la considera una pérdida de tiempo.

Porque la libertad sin empatía es una trampa.

Y el mérito sin amor, apenas una forma elegante del egoísmo.

Tal vez eso sea lo que nos toca aprender ahora: que la verdadera derrota no es perder una elección, sino dejar de conmovernos.

El país amaneció con la piel helada.

Pero en alguna casa, alguien debe estar preparando el desayuno para otro, compartiendo el último pedazo de pan, acariciando a un hijo antes de salir a trabajar.

Ahí está la semilla.

Lo humano sigue ahí, escondido, esperando que volvamos a reconocerlo.

Y cuando eso ocurra – cuando volvamos a vernos, no como enemigos ni como cuentas pendientes, sino como sobrevivientes de una misma noche -, entonces quizás podamos decir que el amanecer, finalmente, valió la pena.

Porque quizás no todo esté perdido. Tal vez, debajo del ruido, todavía haya un país respirando bajito, esperando que alguien le pida perdón por haberlo olvidado.

Un país que no vota con odio, sino con miedo. Que no quiere venganza, sino alivio.

Y si aún queda alguien capaz de llorar por otro, de tender una mano sin preguntar a quién, entonces hay esperanza.

Porque un pueblo no muere el día que se equivoca, sino el día que deja de conmoverse.