La salud mental y el arte de sostenernos

En una época marcada por la incertidumbre y la precariedad emocional, el cuidado deja de ser una política sectorial para convertirse en el núcleo ético que define a una sociedad. Por Matías Leandro Rodríguez

Hay momentos en que una sociedad deja de discutir políticas públicas y comienza, sin advertirlo, a interrogar su propia capacidad de cuidar. La salud mental irrumpe entonces no como una agenda técnica, sino como el soporte invisible que permite a las personas razonar, decidir y ejercer su autonomía. Cuando ese sostén se debilita, lo que se revela no es sólo una crisis sanitaria, sino una forma de organización social que ha empezado a naturalizar la intemperie emocional como residuo de su propio modelo de desarrollo.

Aprendimos que el padecimiento psíquico no podía ser administrado desde el encierro. Aquella conquista desplazó la lógica tutelar hacia la dignidad y reemplazó el aislamiento por comunidad. Sin embargo, hoy enfrentamos una amenaza más sutil: una forma de extractivismo psíquico. Así como ciertos modelos económicos agotan los recursos del suelo, nuestra época parece consumir la energía emocional de las personas, exigiendo una productividad constante que convierte la angustia en el desecho silencioso del sistema. La salud mental aparece entonces como un bien común —un verdadero ambiente psíquico— cuya preservación constituye una responsabilidad indelegable del Estado.

Pero los paradigmas rara vez desaparecen de manera explícita: suelen vaciarse por desatención. Cuando se retiran recursos o se interrumpen políticas sostenidas, emerge una violencia menos visible: se erosiona el derecho al futuro. La angustia crónica expresa justamente ese colapso del horizonte; allí donde la previsibilidad desaparece, la libertad se vuelve una promesa abstracta. Un Estado que desfinancia la salud mental no sólo reduce partidas presupuestarias: fragiliza la base misma del contrato social, que depende de la posibilidad de proyectarse en el tiempo.

Las políticas públicas casi nunca mueren por decreto; se extinguen lentamente en el silencio de los pasillos vacíos y en la discontinuidad de los programas que alguna vez dieron nombre al cuidado. Cuando el Estado se retira, no produce eficiencia: produce soledad a escala social. Y la soledad estructural constituye, en sí misma, una forma de deserción ética.

Existe además una trampa recurrente: cuando el sistema falla, se cuestiona el paradigma de derechos en lugar de interrogar su incumplimiento. Se responsabiliza a la brújula por el extravío, olvidando que la salud mental funciona como la infraestructura moral que permite a una sociedad reconocerse y sostenerse como comunidad.

Tal vez lo más inquietante sea la velocidad con la que nos acostumbramos al sufrimiento ajeno. La emergencia permanente anestesia. Una política que llega sólo después del colapso no cuida: administra consecuencias. Cuidar exige algo más radical: reconstruir condiciones de existencia compartida, fortalecer vínculos e instituciones capaces de escuchar. El bienestar psíquico no nace únicamente en consultorios; también se construye en la justicia social y en la certeza íntima de que nadie atraviesa el dolor completamente solo.

Cada retroceso en esta materia define qué lugar ocupa el sufrimiento cuando deja de encajar en la normalidad productiva que impone la época. Hay una violencia silenciosa en la idea de que el cuidado es un lujo; convertir el padecimiento en variable de ajuste equivale a transmitir un mensaje devastador: que existen vidas cuyo sostén puede postergarse.

Al final, toda sociedad revela su verdadera escala de valores en la manera en que acompaña a quienes atraviesan su mayor fragilidad. No en sus discursos ni en sus promesas, sino en aquello que decide sostener cuando el sufrimiento deja de ser invisible.

Cuando el cuidado pierde su carácter estructural, la crisis deja de pertenecer a individuos aislados y se convierte en un signo de época. Porque lo que entonces se debilita no es sólo la salud de algunos, sino la confianza silenciosa que permite vivir sabiendo que, llegado el momento, alguien estará allí para sostenernos.