ALEJANDRO DOLINA: EL DOCTORADO DE QUIEN HIZO DE LA CONVERSACIÓN UN AULA

Por Matías Leandro Rodríguez / IG matiasleandro09

Hay reconocimientos que llegan tarde. No necesariamente porque alguien se haya olvidado de nosotros, sino porque algunas obras tienen la mala costumbre de volverse imprescindibles mucho antes de que las instituciones encuentren la manera de decirlo. Tal vez los homenajes tengan esa dificultad: necesitan poner en palabras algo que, para quienes recibieron una obra durante años, ya no necesita explicación.

Alejandro Dolina recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires. Uno podría detenerse en la ceremonia, en el diploma, en la solemnidad de las palabras, en esas fotografías donde los hombres importantes intentan conservar durante unos segundos una expresión que parezca todavía más importante. Pero quizás haya algo más interesante que el diploma: preguntarnos qué reconoce realmente una universidad cuando decide distinguir a un hombre cuya principal herramienta fue, durante décadas, una conversación.

Porque quizás el verdadero asunto no sea que la universidad haya decidido entregarle un título a Dolina, sino que haya reconocido en él una forma particular de entrega. Una entrega que no siempre se parece al sacrificio y que, en ocasiones, consiste simplemente en regalarle a otro una parte de nuestro tiempo para conversar sobre aquello que aparentemente no sirve para nada y que, sin embargo, termina siendo lo que más recordamos.

Durante décadas, Dolina hizo algo que parece sencillo hasta que uno intenta hacerlo: consiguió que pensar fuera una forma de entretenimiento y que entretenerse fuera, muchas veces, una manera secreta de pensar. Pero hay algo todavía más extraño en su procedimiento. Nunca necesitó anunciar que iba a decir algo profundo. No llevaba un cartel que dijera “atención, ahora viene una reflexión sobre la condición humana”. Podía comenzar hablando de una mujer que no contestaba un llamado, de un hombre que había perdido una oportunidad, de una historia absurda o de una discusión aparentemente insignificante y, casi sin que el oyente pudiera advertir en qué momento había sucedido, aquella conversación terminaba hablando de la soledad, del deseo, del paso del tiempo o de la dificultad de ser feliz.

Eso tiene algo de magia y algo de literatura. Y quizá también tenga algo de amistad.

Porque uno de los grandes misterios de la conversación es que no siempre recordamos aquello que nos dijeron, pero sí recordamos cómo nos hizo sentir haber estado allí. Hay personas con las que hablamos durante horas y no podemos repetir una sola de sus frases. Sin embargo, muchos años después, seguimos sintiendo que aquella conversación modificó alguna cosa en nosotros. Dolina hizo de eso un oficio.

Lo hizo hablando de amores imposibles, de héroes improbables, de mujeres, de hombres, de fantasmas, de música, de fútbol, de filosofía, de la tristeza y de esa extraña enfermedad que padecemos los seres humanos: la necesidad de encontrarle algún sentido a todo esto. Y lo hizo, además, sin pedir permiso. No necesitó transformar cada conversación en una clase ni cada pregunta en una tesis. Le alcanzaba con sospechar que detrás de una anécdota había una pregunta, que detrás de un chiste podía esconderse una pena, que detrás de una canción había una vida y que, a veces, detrás de una madrugada cualquiera, alguien estaba esperando que otro dijera una cosa que todavía no sabía que necesitaba escuchar.

Eso también es educar.

Quizás la universidad pública pueda pensarse, en su versión más noble, como una enorme conversación colectiva. Un lugar donde una sociedad decide que algunas preguntas merecen sobrevivir a quienes las formularon. Donde el conocimiento no es una mercancía que se guarda en una caja fuerte, sino algo que circula, se discute, se contradice, se transforma y finalmente se entrega.

Por eso hay algo profundamente coherente en que la UBA haya reconocido a Dolina. Porque una universidad no debería limitarse a reconocer aquello que ya aprendió a reconocer. También debería saber mirar hacia afuera, hacia el teatro, hacia los libros, hacia la música, hacia la radio, hacia quienes, sin pertenecer necesariamente a la academia, consiguieron modificar la sensibilidad de varias generaciones.

La cultura tiene una particularidad incómoda: no siempre puede demostrar para qué sirve.

Una canción no cura una enfermedad. Una novela no arregla una injusticia. Una conversación a las dos de la mañana no paga una factura. Una pregunta filosófica difícilmente aumente el producto bruto interno. Y, sin embargo, hay sociedades que se vuelven insoportables cuando dejan de hacer esas cosas. Porque llega un momento en que la vida, si todo debe justificarse por su utilidad, termina pareciéndose demasiado a una oficina.

Y acaso una universidad pública exista también para recordarnos que no todo conocimiento tiene que producir algo inmediatamente. Hay conocimientos que producen resultados y hay otros que producen personas capaces de preguntarse qué hacer con esos resultados. Tal vez ahí esté una de sus tareas más nobles: no solamente formar profesionales capaces de intervenir sobre el mundo, sino ciudadanos capaces de preguntarse qué clase de mundo quieren construir.

Dolina hizo algo parecido desde otro lugar. No repartió títulos: repartió curiosidad. No tomó exámenes, pero hizo algo bastante más difícil: consiguió que miles de personas se examinaran un poco a sí mismas mientras escuchaban. No entregó respuestas definitivas, porque probablemente desconfiaba de quienes tienen demasiadas respuestas. Entregó preguntas. Y una pregunta bien hecha puede ser una forma extraordinaria de compañía.

Porque acompañar no siempre significa decirle a alguien qué debe hacer. A veces significa sentarse cerca y decirle: mirá esto de nuevo.

Durante décadas, Dolina hizo eso. Nos hizo mirar de nuevo el amor, la soledad, el fracaso, la amistad, la belleza, la muerte, la ridiculez de nuestras pretensiones, la nobleza de nuestros pequeños gestos y acaso también esa misteriosa tendencia humana a tomarnos demasiado en serio justo cuando más necesitamos reírnos.

Y en Dolina hay algo que suele perderse cuando se lo reduce a la fórmula de “humor y filosofía”: hay melancolía. Una melancolía que no consiste simplemente en estar triste, sino en saber que aquello que amamos está condenado a pasar. Por eso sus historias de amor pueden ser divertidas y, al mismo tiempo, tener la sombra de una despedida. Por eso una canción puede provocar una sonrisa y, unos minutos después, dejar una tristeza difícil de explicar. Dolina parece conocer esa vieja verdad que la literatura conoce desde siempre: que muchas veces la belleza duele precisamente porque sabemos que no podremos conservarla.

Quizás por eso la noche ocupa un lugar tan particular en su universo. La noche tiene la cortesía de volver razonables algunas preguntas que durante el día parecerían exageradas. A cierta hora, un hombre puede recordar a una mujer que perdió hace veinte años y, unos minutos después, preguntarse si existe el destino. Puede hablar de una canción y terminar hablando de la muerte. Puede empezar contando un chiste y terminar diciendo algo que, por alguna razón, nos acompaña durante años.

En el mundo de Dolina esas cosas no están separadas. Tal vez porque la vida tampoco lo está.

Uno puede estar riéndose mientras recuerda a alguien que ya no está. Puede hablar de filosofía porque está enamorado. Puede discutir sobre fútbol porque en realidad está hablando de la amistad. Puede hacer un chiste porque no sabe cómo decir que tiene miedo. Y puede escuchar una historia ajena y descubrir, con cierta sorpresa, que era la propia.

Eso es lo que hace una gran conversación: consigue que otro se reconozca sin haber sido nombrado.

Hay algo profundamente generoso en entregar tiempo, mucho más de lo que solemos admitir. Porque el dinero puede volver, las cosas pueden comprarse nuevamente y las palabras pueden corregirse, pero una hora de vida entregada a otro no regresa. Dolina entregó miles: horas de radio, horas de escritura, horas de música, horas de conversación, horas en las que alguien, en algún lugar, dejó de sentirse completamente solo.

Y quizá esa sea una de las formas más hondas de la cultura: hacerle compañía a alguien que ni siquiera sabe que estamos ahí.

Por eso el reconocimiento tiene algo de justicia y algo de ironía. La universidad, que durante generaciones entregó herramientas para comprender el mundo, esta vez decidió agradecerle a alguien que pasó buena parte de su vida haciendo algo parecido desde una mesa de radio. Un extraño profesor sin aula, un doctor sin consultorio, un filósofo que jamás necesitó anunciar que estaba dando una clase. Y quizás por eso el título le queda bien.

Aunque, pensándolo un poco, habría que admitir que llega con cierto retraso. Porque Dolina ya era doctor en algo mucho más difícil de certificar: en conseguir que una persona se quedara escuchando una pregunta que no sabía que tenía.

Las obras verdaderamente importantes terminan escapándose de sus autores. Uno escribe un libro y, después de un tiempo, el libro empieza a vivir en otra parte. Una canción deja de ser de quien la compuso cuando alguien la convierte en el recuerdo de un amor. Una frase cambia de dueño cuando aparece en la memoria de alguien justamente el día en que hacía falta.

Y Dolina, después de tantos años, tampoco pertenece enteramente a Dolina.

Hay algo suyo en quienes lo escucharon, en quienes aprendieron a desconfiar un poco de las certezas, en quienes descubrieron que se podía hablar de filosofía sin ponerse solemne, en quienes entendieron que la inteligencia también puede ser divertida y en quienes alguna madrugada sintieron que del otro lado de una radio había alguien poniendo palabras donde ellos apenas tenían una sensación.

Hay algo todavía más difícil de explicar: Dolina consiguió formar una sensibilidad. No solamente transmitió ideas o contó historias. Enseñó, sin proponérselo como una tarea pedagógica, una determinada manera de mirar. Una manera que sospecha de las respuestas demasiado rápidas, que desconfía de la solemnidad, que encuentra belleza en lo que otros consideran menor y que sabe que una persona puede ser ridícula y conmovedora al mismo tiempo.

Quizás por eso tantos de sus oyentes no recuerden exactamente qué programa escucharon, qué día ocurrió determinada conversación o cuál fue la frase precisa que los conmovió. Recuerdan, en cambio, haber estado ahí. Y eso no es poco.

Porque en una época que parece empeñada en medirlo todo, también hay algo revolucionario en haber conseguido que miles de personas se detuvieran a escuchar una conversación que no prometía mejorarles la productividad, aumentarles el salario ni resolverles la vida.

Simplemente les hacía compañía.

La UBA le entregó un doctorado. Pero quizás la escena pueda leerse al revés. Quizás no sea solamente la universidad reconociendo a Dolina, sino una institución pública recordándonos, a través de él, por qué todavía vale la pena defender aquello que no tiene una utilidad inmediata: el pensamiento, la cultura, la conversación, la imaginación y la posibilidad de detenernos, aunque sea un instante, a preguntar para qué estamos haciendo todo esto.

Porque defender la universidad pública también es defender el derecho a perder algunas horas pensando en cosas que no sabemos si tendrán utilidad. Es defender la posibilidad de leer un libro porque sí, de escuchar una canción porque nos recuerda a alguien, de discutir una idea que probablemente no cambie el mundo y de conversar durante una madrugada sin saber exactamente hacia dónde vamos.

Tal vez una sociedad se vuelve más libre cuando todavía conserva lugares donde nadie nos exige saber para qué sirve una pregunta antes de permitirnos formularla.

Dolina recibió una medalla, pero durante décadas entregó algo bastante más difícil de devolver: su tiempo. Y el tiempo, cuando se entrega de verdad, es una forma de amor.

Por eso algunas personas pasan por la vida acumulando cosas: títulos, premios, objetos, reconocimientos. Y otras pasan dejando algo en los demás. De esas personas conviene ocuparse y agradecerles, no porque necesiten nuestro agradecimiento, sino porque nosotros necesitamos recordar que hubo quienes entendieron que vivir también podía consistir en entregar algo que, una vez entregado, ya no vuelve.

Quizás por eso el doctorado haya llegado ahora. Porque ciertas distinciones necesitan tiempo para comprender aquello que están distinguiendo. Y porque algunas personas reciben el reconocimiento cuando ya dejaron de necesitarlo.

Dolina recibió el título. Pero el título, en cierto modo, llegó después de la obra, como suelen llegar las palabras cuando lo esencial ya fue dicho.

Y acaso esa sea la mejor definición de una vida verdaderamente entregada: haber dado tanto que, cuando finalmente llega la medalla, uno descubre que la medalla era apenas la forma institucional de nombrar algo que los demás ya sabían. Que había alguien ahí.

No para explicarnos la vida, porque probablemente tampoco supiera cómo hacerlo. Estaba ahí para hacer algo más humilde y, quizá por eso, más importante: para conversar mientras la vida ocurría.

Para recordarnos que una historia puede contener una verdad, que una canción puede guardar una ausencia, que una risa puede esconder una tristeza y que una pregunta puede acompañarnos mucho más tiempo que una respuesta.

Estaba ahí, durante años, haciendo preguntas, contando historias, haciendo música, haciendo reír, haciendo pensar. Y acompañando.

Quizás eso haya sido, después de todo, su verdadera enseñanza. Que algunas veces educar no consiste en decirle a otro qué debe pensar, sino en regalarle las herramientas para que pueda pensar por sí mismo.

Y que algunas veces una universidad también puede estar del otro lado de una radio, cuando alguien habla durante la madrugada y consigue que, por un instante, un desconocido se sienta menos solo y un poco más dispuesto a mirar el mundo de nuevo.

Eso, después de todo, es lo que hacen las personas que verdaderamente importan. Se van quedando. Y uno recién advierte cuánto dejaron cuando intenta imaginar cómo habría sido la vida sin ellas.