En los últimos días, la historia de Laura y Emmanuel circuló con fuerza en redes sociales y medios de comunicación. Tras conocerse hace ocho años en un centro de día de Mar del Plata, construyeron una vida juntos: hoy comparten su hogar, a su perro Rufus, sus videos de música en TikTok e Instagram y la búsqueda de vivir de su propio arte para afrontar una realidad económica compleja. Su historia de amor despertó ternura y admiración, pero más allá del impacto mediático, lo más potente no radica solo en lo que han logrado juntos, sino en aquello que su búsqueda de autonomía, trabajo y deseo revela sobre nosotros mismos.
¿Por qué todavía nos conmueve que dos personas en situación de discapacidad se amen? ¿Por qué una escena que debería formar parte de la vida cotidiana todavía puede parecernos extraordinaria? No se trata de convertir a Lau y Emma en una historia ejemplar ni de celebrar que, “a pesar de todo”, hayan conseguido enamorarse. Hacerlo implicaría volver a colocarlos debajo de nuestra mirada, como si su vínculo tuviera que demostrar que las personas en situación de discapacidad también pueden amar.
Tal vez la pregunta sea más incómoda: ¿por qué todavía necesitamos que una historia como la de ellos nos recuerde que esas personas desean? Hay algo profundamente político en dos personas que se encuentran, se desean y deciden construir una vida juntas cuando buena parte de la sociedad ya decidió que esos cuerpos debían ocupar otro lugar: uno más silencioso, más dócil, más tutelado. Un lugar donde se espera asistencia y cuidado, pero no deseo.
El capacitismo no aparece solamente cuando una escalera no tiene rampa. También aparece cuando miramos un cuerpo y decidimos que no es un cuerpo erótico; cuando suponemos que alguien no puede elegir pareja o cuando la sexualidad aparece como un peligro del que hay que proteger a la persona. Y cuando ese cuerpo es el de una mujer, la cuestión se vuelve todavía más compleja. El patriarcado y el capacitismo se potencian en la administración de aquellos cuerpos considerados menos autorizados para decidir sobre sí mismos.
Por eso hablar hoy del derecho a desear no es una delicadeza discursiva. Es hablar de poder. ¿Quién puede elegir a quién amar? ¿Quién puede decidir sobre su cuerpo? ¿Quién puede formar una familia? ¿Quién puede equivocarse? Son preguntas sobre quiénes son reconocidos como sujetos plenos de derecho y quiénes continúan siendo administrados por otros. Y en tiempos donde la crueldad se disfraza de eficiencia administrativa y las pensiones por discapacidad se vuelven variable de ajuste, la pregunta por la autonomía es también una disputa material. No hay derecho al deseo sostenido en el aire, sin un Estado que garantice las condiciones mínimas para la vida.
La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad obligó a romper con esa arquitectura. Su artículo 12 reconoce la capacidad jurídica en igualdad de condiciones y exige apoyos para ejercerla. El cambio de paradigma no consiste en encontrar una tutela más amable. Consiste en dejar de tutelar. Eso exige distinguir entre acompañar y decidir, entre cuidar y controlar, entre brindar apoyos y apropiarse de la voluntad. Porque cuidar no es elegir por el otro; cuidar es hacer posible que el otro pueda elegir.
También hay una palabra que el Derecho todavía debe aprender a tomar en serio: deseo. Las personas en situación de discapacidad no tienen solamente necesidades. Tienen preferencias, placeres, límites, enamoramientos y proyectos. Tienen derecho a la intimidad y a elegir. Incluso tienen derecho a equivocarse.
Esto es quizás lo que más incomoda. Reconocer verdaderamente la autonomía implica aceptar que una persona puede tomar decisiones que nosotros consideramos malas: enamorarse de quien no elegiríamos, continuar una relación que desaprobamos, terminar otra que querríamos preservar, querer ser madre o decidir no serlo. Puede fracasar. La autonomía sin posibilidad de riesgo es apenas una autonomía decorativa.
“Yo sé qué es mejor para vos” quizás sea una de las frases más amorosas y más peligrosas de nuestra cultura. Puede nacer del cuidado, pero cuando desplaza la voz de quien debería ser escuchado, deja de ser cuidado y comienza a ser poder.
Proteger frente a la violencia tampoco puede convertirse en proteger de la sexualidad. Una persona necesita herramientas para reconocer el abuso, información para comprender el consentimiento y apoyos para construir vínculos seguros. No silencio ni aislamiento. No se trata de negar la vulnerabilidad, sino de dejar de convertirla en destino. Y quizás allí podamos volver a Lau y Emma. No para utilizarlos como prueba de que “sí pueden” ni para convertirlos en símbolo de superación. Sino para hacernos una pregunta a nosotros mismos.
¿Qué clase de sociedad necesita una historia de amor entre dos personas en situación de discapacidad para recordar que ellas también desean? ¿Qué nos pasa cuando podemos imaginar a una persona en situación de discapacidad necesitando ayuda, pero nos resulta difícil imaginarla besando a alguien que eligió?
Quizás allí aparezca el verdadero escándalo: no que las personas en situación de discapacidad tengan sexualidad, sino que tengan una sexualidad que no controlamos. Porque también puede ser un acto de desobediencia ejercer el propio deseo cuando durante toda una vida te enseñaron que tu cuerpo debía ser cuidado, vigilado, protegido y administrado por otros, pero nunca deseado.
Amar puede ser desobedecer; desear puede ser desobedecer; decir “sí” puede ser desobedecer y decir “no” puede serlo todavía más. Quizás la historia de Lau y Emma sea potente justamente por eso. Porque no pide permiso. Porque no necesita convertirse en una historia ejemplar para tener valor. Porque no demuestra que las personas en situación de discapacidad pueden amar.
Demuestra algo mucho más perturbador: que nunca dejaron de hacerlo. La discapacidad no elimina el deseo. Lo que tantas veces lo limita son las barreras, los prejuicios y las decisiones tomadas por otros. No alcanza con decir que las personas en situación de discapacidad tienen derechos. Tenemos que soportar las consecuencias de reconocerlos. Eso significa aceptar que pueden enamorarse de quien no elegiríamos, querer tener hijos o no quererlos, terminar una relación que nosotros querríamos preservar, desear, rechazar y equivocarse.
Eso es autonomía. Eso es igualdad. Eso es dignidad.
Y quizás también sea amor en su sentido más profundo: no aquel que protege al otro de vivir, sino aquel que acompaña para que pueda hacerlo.
Frente a eso, las políticas públicas y el Derecho deben ser categóricos: nadie debería necesitar permiso para tener derechos,
mucho menos para amar.
